Amo la música y amo a Dios. No los veo ni los entiendo,
pero sigo la huella de sus tonadas. Nada puedo enseñar a nadie, porque hay un
libro abierto llamado mundo, que ocupa mis horas en ver y aprender. Pero así
como salen ríos de la montaña, saldrá de mí un cortejo de palabras. Diré que he
vivido y revivido, que he muerto y que he nacido, que huelo a sales de marea.
Como se hunde en los ojos el grano de arena, el viento celestial hundirá lo que
soy en quien me lea. Saldré a buscar la patria eterna, y hallaré las músicas
que halle, conforme aquel que sabe me haga oír al andar. Bendito el que busque
lo que busco. Bendito el que lo busque mejor. Amigo muy preciado.
Todos somos niños, ingenuos e inocentes. Miramos la vida
desde abajo. Robaremos quizá una manzana, o lloraremos hasta ver a mamá.
Sufrimos más que nada estar solos, y al sentir cómo crujen las ramas en la
noche.
En un momento de quietud, juzgo mi tiempo y mi lugar. ¿Qué
soy a la luz del universo? Tal vez me he perdido en la neblina, y fieras me
esperan alrededor. Invocaré tu ayuda, Creador. He visto que no puedo nada.