Príncipes y potencias de los cielos
fueron congregados ante Yahweh.
Entre ellos estaba Luzbel,
eficaz padre de engaños.
Su Creador le habló diciendo:
Luzbel,
ministro de la maldad,
¿hasta cuándo vas a pelear contra mí?
Te vi andar mucho por la tierra,
y espiar a mis criaturas ahí.
Decime, ¿por qué lo hacías?
Respondió Satanás:
Como ayer es hoy,
sigo deseando el mal para los hombres,
envenenar sus moradas
y atraerlos a mí.
¿Y qué encontraste en la tierra?,
dijo el Señor.
Que son más los que aman
y obedecen la impiedad,
que aquellos que te honran, oh Yahweh.
Y entonces el Rey del Universo
habló a Satanás con estas palabras:
¿Viste acaso a David, mi poeta,
cómo es fiel y justo delante de mí,
apartado de todo mal
y escriba de mi luz?
Lo he visto, Señor, lo he visto.
No pienso, sin embargo,
que sea perfecto. ¿No dejaría
su lealtad y coherencia,
la limpieza de su ser,
si de pronto fuera enaltecido,
más de lo que él sueña o imagina,
y todo elogio, todo poder, toda riqueza
le llegaran, y aun si pecara
vos no lo afligieras,
y en cambio lo hicieras prosperar?
Tu intención es inmunda, Lucifer.
Pero lo haré,
probaré a mi siervo David,
para que sea perfecto,
y así nadie en el cielo ni en la tierra,
ni debajo de la tierra,
ni aun vos, arrogante y perverso,
podrá jamás sospechar de él
ni acusarlo de nada,
y en su justicia seré visto,
y mi gloria será vista por él.
Creció al instante David
con plena abundancia.
Toda cosa apetecible y codiciable
a este mundo le vino,
y era envidia a los ojos
del espíritu y de la carne.
¡Aleluya a los santos en la eterna
majestad!
David, poeta y siervo del Señor,
en sus muchas ganancias,
en su inmensa fama
como la de ningún otro escritor,
siendo así seducido
por hombres y mujeres
en todas las naciones a pecar,
y a toda idolatría,
no pecó.
Vivió modestamente,
para guardar su corazón:
dio a los pobres su ganancia.
Por su fama hizo arribar
en millones
la Palabra,
salvó muchas almas.
Tocó solamente
a la mujer de su pacto,
y amó tiernamente, en rectitud,
a sus hijos, veló por ellos,
quienes fueron grandes para Dios.
Luego David
reposó,
cruzó las puertas de la vida.
Tuvo corona,
y su nombre
para siempre será.