27 feb 2014

Salmo de la victoria

                                        Voy a alzarme con vigor y fuerza
                                        Para decir todo lo que Dios quiere que diga
                                        Para decir El mundo perece
                                        Pero Dios levanta a los que creen en Él
 
                                        Es tiempo de no callar
                                        Toda la verdad que el Espíritu habla al hombre
                                        El Señor quiere justicia
                                        El Señor quiere alabanza
                                        Y vamos a darle lo que pide
                                        No vamos a negarnos ni un minuto más
 
                                        ¡Bendito el que gobierna el Universo!
                                        ¡Bendito el que es principio de la vida!
                                        ¡Bendito el que ama eternamente!
                                        ¡Bendito el Padre, el Hijo, el Amigo, el Perfecto!
                                        ¡Bendito el todo en el todo!
                                        ¡Bendito Él! ¡Bendito por siempre!
 
                                        ¿Quién podría ocultarse?
                                        ¿Quién podría escaparse?
                                        ¿Quién seguiría jugando?
                                        ¿Quién será honesto consigo?
                                        ¿Quién honrará su ser?
 
                                        Hay una voz que nos llama
                                        Voz que late en el cielo, en la tierra y el corazón
                                        Voz que nos dice Vengan
                                        No se pierdan
                                        Únanse a mí que yo les abro la puerta
 
                                        Su reino no es de este mundo
                                        Su gloria no tiene fin
                                        ¡Seamos suyos! ¡Seamos suyos!
                                        ¡No dudemos! ¡No temamos!
 
                                        Hoy nos llama Dios con bondad
                                        Hoy nos invita a su casa
                                        Tenemos la más grande oportunidad
                                        ¡Es para vida! ¡Para fiesta infinita!
 
                                        ¡Te alabamos! ¡Te alabamos!
                                        Magnífico Altísimo Santo
                                        Compasivo Dios de Misericordia
                                        Esto somos
                                        Esto rendimos
 
                                        Te declaramos Dueño y Señor
                                        Y si morimos reímos
                                        Dios nos ha dado su Vida Eterna
 


Inquietud

Por favor ya no me grites.
No me hables en vigor y potencia.
Solo quiero que entiendas
que no es tan fácil para mí.

No es que no crea
ni que tenga tu fe por locura.
Es que no puedo darme sin que antes
vos oigas y atiendas una leve inquietud.

Me hablás del juicio de Dios,
del fuego inminente a los malos,
e insistís de tal modo con eso
que pienso que quisieras ahogarme,
lograr que me derrumbe,
que llore y admita 'soy pecador'.

No me enoja.
Sé que es prédica antigua y que aun tiene su fuerza.

Y es tremenda.
Pero veo ahí un problema sutil.

Aunque te quiero y respeto,
no confío del todo.
Aunque te noto sincero,
bien podrías engañarte.

Hay muchas sectas y religiones,
y es sabido cuánta violencia,
cuánto robo y cuánta manipulación.
¿Qué opinará Dios en el juicio?
¿No son ellos peores
que un humilde pecador?

No es cuestión de excusarme,
ni esperar que ellos cambien primero,
sino solo mostrarte
que no es fácil creer en la institución.

Es Dios, no son los hombres,
me dirás,
en quien debemos centrar la atención.

Totalmente de acuerdo.
Dame a Dios sin los hombres,
y yo sin dudarlo me acercaría.

¿Qué tal si caigo en las manos
de unos tiernos equivocados,
o bien de harpías astutas,
o de ambos combinados,
y al fin me deslizan
a un pecado todavía mayor?

¿Y si entonces pensándome santo
no lo soy?
¿Y si me vuelvo un fariseo?
¿Y si llego al diablo más que a Dios?

Por esas cosas me inquieto.
Espero no haberte ofendido,
tampoco asustado.
Esperaré la sabia respuesta
que confío esbozarás
en algún próximo poema.


La noche oscura del mundo

¿Quién hay que pueda honrar la verdad?
¿Dónde están esos hombres, esas mujeres,
que antes que la fama, antes que el dinero,
antes que cualquier comodidad,
antes que la vida misma del cuerpo,
prefieran honrar la justicia y no vendan su luz?

¡Pobre humanidad!
Las multitudes enloquecen.
Los sabios traicionan su saber.
La ciencia comercia al igual que la fe.
Las naciones se declaran en guerra
y luego sus líderes en oculto
ríen y juegan.
Quien mueve el oro mueve las almas, dirán.
¿Acaso el alma está hecha de oro?
No, pero somos ciegos,
no entendemos siquiera nuestro propio valor.

¿Podremos llorar lo suficiente?
¿Podremos hacer suficientes poemas?
¿Podremos gritar con la debida vehemencia?
¿No se ha tejido ya la red de la malicia?
¿No ha triunfado Lucifer sobre todas las cosas?

‘Salvemos el mundo’,
exclamarán ahora los hijos de la mentira.
‘Hagamos un tratado de paz’.
¡Cómo se burlan de nosotros, ingenuos!
Quien hizo el veneno vende la cura.

¿Alguien podrá avergonzar al farsante,
que peina bien y sonríe,
y tiene su rostro y su mirada
como los de un tierno cachorro?
¿Dónde está ese niño sincero y valiente
que diga ante todos “¡anda desnudo el emperador!”?
El que era bueno ya no lo es.
Fue al olvido su integridad.
Quedan solo apariencias, vestigios,
solo actores de la piedad.

Esta noche es oscura como ninguna otra.
Vamos a tientas, chocando.
Seguimos todos las últimas modas,
los nuevos productos,
lo que sea que manden la tele,
internet o la radio,
o los gobiernos o incluso algunas iglesias,
o algún nuevo guía espiritual,
o algún filósofo de renombre.
Confiamos sin explorar,
sin hurgar por la raíz de las cosas.

¡Ah! ¡No queda más que gemir!
Ni en la izquierda ni en la derecha,
ni en ninguna clase de centro,
ni en grandes ni en pequeños partidos
parece haber salvación.
Se han corrompido todos.
¿Y qué queda entonces que podamos hacer?

¿No son ellos mayores y más fuertes que nosotros?
¿No es la hipocresía dueña de las armas?

¡Supieras, hermano!
¡Maldito el hombre que espera en el hombre!
¡Bendito el hombre que espera en el Señor!

Que esto abra nuestros ojos,
que aceptemos de una vez
la realidad que fue desde siempre:
‘lo esencial es invisible’, se ha dicho.
‘No hay razón mayor que la razón del corazón’.

¿No nos dijo el Maestro
que tuviéramos en poco hacer tesoros en la tierra,
que fácilmente se pierden y cualquiera los roba?
Hagamos, dijo, tesoros en los cielos.
¿Dónde están aquellos capaces
de entender el sentido profundo de todo esto?

¡Bendito el que encuentre la razón eterna!
¡Bendito quien vea lo que no se ve!
¡Bendito el que se haga de armas de fe!
¡Bendito quien busque sobre todo
la virtud, la verdad, la nobleza y el amor!
¡Bendito el que aprenda el misterio
de ser enemigo del mundo al ser amigo de Dios!

Pronto muy pronto emergerá,
tras esta oscurísima noche el gran Sol de la Justicia.
Los que hoy ríen entonces llorarán.
Los que hoy lloran entonces serán consolados.

Bendito el que halle esta esperanza.
El mundo y su locura pasarán,
pero mi palabra, dijo Aquel,
jamás pasará.


La vida eterna

Una vez más
se levanta el mensajero de Dios
a estremecernos el alma.

Ay, no seamos tan ignorantes.
¡Cómo puede ser que tengamos
los oídos tan secos,
la visión opacada
y el sentido extraviado completamente!

¿Qué tendría que hablarnos ahora?
Cuando es suave sonreímos;
si es denso y agudo no lo aceptamos,
decimos ‘cuánta locura’ y huimos presurosos.

¿Acaso vamos a enseñarle nosotros
la forma, la manera,
la diplomacia perfecta?
Sinceridad le pedimos,
y luego exclamamos ‘fanatismo’.
Le rogamos hondura pero no,
nuestra excusa será un ‘nadie lo entenderá’.

Y qué juego.
Opinamos y opinamos.
Levantamos el dedo,
o bien fruncimos el ceño,
o decimos ‘mmm’,
o incluso dormimos.

Y es que claro,
el mensajero no es más que un idiota, sí,
¿no es un pobre infeliz?,
¿no gasta al cuete saliva?,
¿no es un enfermo, un desvariado?
Peor aún, seguro está lleno de orgullo,
le gusta ser visto con aura,
como angelito,
para quién sabe qué.

No entendió este señor que nosotros
conocemos ya hartamente su labia.
No nos asusta ni emociona,
ni nos aporta nada.
Está engañado, es ingenuo,
se cree que somos como oveja insegura,
temerosos y tontos,
que vamos a escuchar ahí atentos
cómo él delira, cómo se jacta de Dios.

¡Bien! ¡Que se mude lejos!
¡Que no vuelva!
¡Que grite y llore en un cuarto solo!

Verdad,
cosa indudable,
somos mejores que él,
nosotros sí entendemos la vida,
sí somos buenos, y sabios,
y en todo nos va perfectamente.
Tenemos por la ciencia los remedios,
las curas justas para el cuerpo y para el alma,
y ya pronto lograremos,
con solo un poquito de esfuerzo,
terminar con las guerras, los delitos,
los suicidios, el racismo,
y todo eso que hoy nos molesta.
Ya sabremos qué hacer.

Sí,
ya sabremos,
tranquilos, que él no venga,
no, que no hable,
basta, ya,
listo, basta.

Y aun así
no obedeció a nuestro reproche.

Una vez más se levanta el mensajero de Dios.
Está de pie frente a todos nosotros.

Y cuando ya estamos a punto de apedrearlo,
la tierra se desgaja frente a él.
Los cielos se tornan como fuego.
Y un súbito silencio lo llena todo.

El santo nos mira,
y lentamente susurra:
Hoy es el día,
no hay vida fuera de Dios.

La verdad del amor

                                                           Y qué si aunque vos te reíste
                                                           cuando yo me caí,
                                                           tropezándote vos
                                                           yo te tomo del brazo.

                                                           Qué si al ir a tu casa
                                                           me diste solo agua,
                                                           y yo compro para vos
                                                           las mejores galletas.

                                                           Y qué tanto si faltaste
                                                           a las tres primeras citas,
                                                           y ni aún a la cuarta
                                                           yo llego tarde.

                                                           Qué problema te hacés
                                                           si después de tus agravios,
                                                           yo voy a tus padres
                                                           y hablo maravillas de vos.

                                                           Y qué si en tu locura
                                                           me clavaste un cuchillo,
                                                           y tras tu desmayo
                                                           te alcanzo al hospital.

                                                           ¿No puedo ser diferente?
                                                           ¿No puedo confiar que algún día
                                                           tendrás el alma sensible,
                                                           los ojos abiertos,
                                                           y dirás 'te quiero', 'perdón'?

                                                           Confío y espero.
                                                           Y qué, me objetarás,
                                                           si nunca sucede,
                                                           si me voy sin amar...

                                                           Lloraré por tu vida.
                                                           Pero aun así habré gozado
                                                           del más alto bien:
                                                           habré tenido la paz.