5 abr 2014

El Hijo de Dios


Vi como miles de millones de almas
ardían y se quemaban y morían.
Vi sabios y fuertes, grandes y nobles,
videntes iluminados, poderosos,
cómo eran pisoteados
como larva, como la mísera nada,
en el infierno profundo,
crudo y real, en toda agonía,
y a Satanás,
fiero león que rompía las carnes.
Malos y buenos sufrían por igual,
era solo pavor, el olvido.
Una aguda lanza
hería a la humanidad. 

¡No valían las obras,
ni ayunos ni plegarias,
ni horas de silencio y meditación,
ninguna ascesis,
ni dejar egoísmos, ni venderlo todo,
ni ayudar,
ni servir a la paz,
ni amar al extraño ni cantar a Dios! 

¿Qué forma, qué camino, qué palabra,
qué ciencia nos librará?
Han cerrado los cielos quizá.
No importará ni poco
cuánto pensemos, cuánto luchemos
y hurguemos y deseemos y lloremos,
porque no,
hemos visto que ya no,
terriblemente,
no vendrá jamás a nosotros
la vida eterna. 

Es todo noche y desesperación.
La más bella luz que sigamos
se reirá finalmente burladora
al mostrarnos su auténtica tiniebla.
¿Por qué?, gritaremos.
¿Por qué nuestro Creador no se apiada?
¿Por qué es tan firme, implacable su ira?
¡Quién tolerará la verdad!
¡Mejor infinitamente es la suerte
de quien nunca nació! 

Y vi entonces como en nuestro punto
de mayor aflicción,
el entero universo estremeció
y la Gloria,
la Luz viviente y genuina,
la Fuente de la Vida,
de todo ser y de todo hombre,
nuestro anhelo, nuestra meta,
inclinó su faz,
y en el aliento de su alma
cruzó todas las regiones celestes
y arribó en la tierra condenada,
y dijo Libre serás,
y tomó cuerpo de humano,
por el que dijo Salvo serás.
Dios venido de Dios,
hecho criatura, nos amó,
y en su única y plena potencia
habló y dijo Hermanos, Yo soy. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario