Hay una minoría en
el mundo
que no ha perdido
la batalla.
Puja, impulsa
terriblemente
su fuego interior.
Hay unos pocos
-¿famosos?, lo
dudo-
que avanzan como
roca,
derriban toda
avaricia.
No se entiende por
qué,
qué los motiva,
en qué luz, con qué
derecho
desprecian el
ejemplo de tantos.
Y no roban, no
roban, no roban.
No llaman bueno a
lo malo.
No los corrompe el
dinero,
no los corrompe, no
puede,
por qué no sé.
No los corrompe
siquiera
la viva pasión de
su carne,
raros,
locos.
No caen seducidos
por relucientes
palabreros,
cualquiera moda,
religiones,
filosofías,
nuevas o antiguas,
torcidas,
del todo.
No matan, no
pegan, no insultan.
Se les pega,
insulta y aniquila.
Aman, se los odia.
Los muchos buscan
opacarlos,
volverlos atrás,
reunirlos a la
masa.
Se sospecha de
ellos.
Se los llena de
calumnias.
Todos ponen trampa
a sus pies.
Qué estrellas, qué
universo, qué abundancia infinita.
Misterio del todo:
Estos pocos no
pisan la trampa.
No se agitan,
no saltan en
defensa de sí.
Calladamente
rinden sus almas a
la luz.
Luego son
influencia,
y algunos del errorse les suman,
se liberan,
y aunque pocos, minoría,
son la sal que nos preserva.
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