No
te niegues a mí, Redentor,
no
tengas en poco mi vida,
si
claman todos mis huesos,
y
en la noche
sollozo,
y
te nombro.
¿Hasta
cuándo lloraré
la
culpa de mi error?
Haya,
te ruego, pronto,
el
refrigerio,
y
en gozo entonaré tus alabanzas.
Oh
Cristo,
no
confío sino en tu amor,
y
en esa cruz levantada
por
mí.
Pido
algo que sé
es
tu deseo también:
mi
alma
la
visites
y
la sanes.
Caminaré
a tu luz,
y los ciegos al verme
te
verán.
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