Multitud de hombres había
frente a mí.
Todos en la misma
condición,
todos eran polvo, nada,
eran silencio en mi alma.
Cuando quise darlos a
nacer,
a unos designé riqueza en
su hogar,
a otros villa miseria;
a unos dones de ciencia,
de arte, de empresa, de
influencia,
de gobierno, de asombrosa
inteligencia,
a otros cosa modesta,
gran fragilidad.
De unos dije Crecerán,
serán de fama en la tierra,
y a otros puse en lo
secreto,
en la continua discreción.
No eran nada y yo los hice.
Nada podían ni querían;
yo di a ellos luz y
potencia,
marqué los plazos de su
vida,
sus azares ordené
y a ninguno desconozco
jamás
en su misterio profundo.
Yo que di forma a los
astros,
y esparcí seres en la
entera infinitud,
yo mismo dije de vos
que serías mi santo.
Ah, ministro escogido,
te digo en verdad que no
eras mejor
ni más limpio que todos
ellos.
Te alcé del fango,
te sané con la sangre de mi
cruz.
No me pedías, no me buscabas,
y yo te rodeé con mi amor.
Me plació tenerte,
y ser tenido por vos.
Luego tan poderosamente
cayó
mi gloria a tu ser,
que encendido fuiste,
que hubo fuego en tu
corazón.
Viste gran sabiduría,
ennoblecí tu voz.
Te hice líder y maestro,
heraldo de la fe,
pastor de mi rebaño,
agente de mi ley.
¿No te conmueve?
¿No te enorgullece
la amplitud de mi gracia?
¡Cuántos desearían
aunque fuera las migajas
de aquello que te di!
¡Cuántos rendirían
todo lo que tienen
por esta mi gracia!
Hijo muy valioso,
favorecido, enriquecido
sumamente.
¿Cómo no esperaré de vos
un poquito más?
Ya, lo diré de una vez.
No te voy a privar
de conocer lo que juzgo en
tu contra.
Siervo perezoso y
negligente,
¿no te hice yo ministro de
mi palabra?
Dejaste de creerme,
te burlaste de mí.
Tomaste solo aquello
conveniente
a tu ego y tu solo interés.
Amaste el dinero.
Hablaste en mi nombre
lo que yo nunca te hablé,
y a mi rebaño guiaste
a espinos y hierbas
que no pueden comer.
Lascivia y vanidad,
petulancia y doblez.
Eso encuentro en lugar
de
mi justicia,
del evangelio del Reino.
¡Seductor falaz,
veías y elegiste la ceguera
y arrastrás a mi pueblo
por abismos,
a la misma condenación!
Mando por el bien de tu
alma
que despiertes ahora,
reconozcas tu desvío y tu
mal.
No desprecies más mi
llamada,
no te maldigas tan
neciamente.
Convertite a mí,
como en el día en que me hallaste.
Volvé a ser aquel hombre
puro y humilde,
vaciado ante mí.
Vamos,
no te tardes,
porque te amo y quiero
salvarte.
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