19 mar 2014

Ministro escogido

Multitud de hombres había frente a mí.
Todos en la misma condición,
todos eran polvo, nada,
eran silencio en mi alma.

Cuando quise darlos a nacer,
a unos designé riqueza en su hogar,
a otros villa miseria;
a unos dones de ciencia,
de arte, de empresa, de influencia,
de gobierno, de asombrosa inteligencia,
a otros cosa modesta,
gran fragilidad.

De unos dije Crecerán,
serán de fama en la tierra,
y a otros puse en lo secreto,
en la continua discreción.
No eran nada y yo los hice.
Nada podían ni querían;
yo di a ellos luz y potencia,
marqué los plazos de su vida,
sus azares ordené
y a ninguno desconozco jamás
en su misterio profundo.

Yo que di forma a los astros,
y esparcí seres en la entera infinitud,
yo mismo dije de vos
que serías mi santo.

Ah, ministro escogido,
te digo en verdad que no eras mejor
ni más limpio que todos ellos.
Te alcé del fango,
te sané con la sangre de mi cruz.
No me pedías, no me buscabas,
y yo te rodeé con mi amor.
Me plació tenerte,
y ser tenido por vos.

Luego tan poderosamente cayó
mi gloria a tu ser,
que encendido fuiste,
que hubo fuego en tu corazón.
Viste gran sabiduría,
ennoblecí tu voz.
Te hice líder y maestro,
heraldo de la fe,
pastor de mi rebaño,
agente de mi ley.

¿No te conmueve?
¿No te enorgullece
la amplitud de mi gracia?

¡Cuántos desearían
aunque fuera las migajas
de aquello que te di!
¡Cuántos rendirían
todo lo que tienen
por esta mi gracia!

Hijo muy valioso,
favorecido, enriquecido
sumamente.
¿Cómo no esperaré de vos
un poquito más?

Ya, lo diré de una vez.
No te voy a privar
de conocer lo que juzgo en tu contra.

Siervo perezoso y negligente,
¿no te hice yo ministro de mi palabra?
Dejaste de creerme,
te burlaste de mí.
Tomaste solo aquello conveniente
a tu ego y tu solo interés.
Amaste el dinero.
Hablaste en mi nombre
lo que yo nunca te hablé,
y a mi rebaño guiaste
a espinos y hierbas
que no pueden comer.

Lascivia y vanidad,
petulancia y doblez.
Eso encuentro en lugar
de mi justicia,
del evangelio del Reino.

¡Seductor falaz,
veías y elegiste la ceguera
y arrastrás a mi pueblo
por abismos,
a la misma condenación!

Mando por el bien de tu alma
que despiertes ahora,
reconozcas tu desvío y tu mal.
No desprecies más mi llamada,
no te maldigas tan neciamente.

Convertite a mí,
como en el día en que me hallaste.
Volvé a ser aquel hombre
puro y humilde,
vaciado ante mí.

Vamos,
no te tardes,
porque te amo y quiero salvarte.

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