Si
acaso el día no fuere hoy,
y
aun resoplara entre los hombres
un
día, un año, un siglo más,
si
no cediera mi fuerza
y
aun pudiera pensar y querer,
yo
qué diría, qué rumbo tomaría,
medito,
cómo
honraría un nuevo sol.
Dios
que me das el aire,
que
ordenás mis designios,
creo
haber asumido ya
que
no es lo mucho o poco
que
se dure, ni los viajes
ni
los premios
ni
aun siquiera los afectos,
lo
que vale, toda vida
es
una sombra,
se
desliza y perdemos
la
memoria,
la
palabra, la obra.
¿Dónde
hacer, oh Dios,
la
inversión más provechosa?
¿Qué
no se irá cual nada en el tiempo?
Tan
grande misterio
el
camino y el aliento,
de
saber si en verdad aquello
que
aguarda a todo hombre
al
entrar en su silencio
será
en belleza o pavor,
si
veremos ponderadas
nuestra
fe y nuestra esperanza,
o
si acaso
sufriremos.
¡No
puedo no sentirte, futuro,
como
un drama
de
agobiante inmensidad!
Pero
lo sé,
debo
ser valiente.
Y
aunque tiembla mi pulso
y
el poema se estrecha
y
lo escrito parece
alentar
presunción,
sigo
siendo.
Por
lo que juzgo mejor
ya
no proverbiar,
no
especular,
no
arengar demasiado.
Viendo
los cielos,
sigiloso,
paciente,
manso,
caminaré.
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