¿Qué es eso del mal que nos fascina?
Porque lo vemos
y no nos basta la luz.
Ansiamos descubrir qué ocurrió,
dónde estaba Dios cuando la noche
reposaba, al principio,
sobre la faz del abismo.
¿Quién es ese que irguió su alma,
seguro, contra la Roca,
y cayó terriblemente de la gloria?
¿Cómo pudo ser?
¿Por qué, Jehová, prohibiste aquel árbol?
¿Qué era aquello que querías
que tus hijos no gozaran?
¡Y ahora quién resolverá esta locura
tremenda!
Que todo un mundo,
avistado apenas,
de altura infinita, inagotable,
nos cela ardiente y batalla,
y nosotros, quedos, revoloteamos.
¡Si pudiéramos pelearnos de igual a
igual!
Pero si acaso la orden es no,
y así no podemos saber
ciertas cosas,
o cruzar tal frontera,
si debemos creer solamente la palabra
de este o aquel,
y decidir cada día por el todo o la nada,
¡rogamos entonces nos avive
tu más honda piedad!
Y sepas guiarnos, pastor,
por las sendas de paz.
Tan débiles somos.
¿Cómo evitaremos a aquel,
más grande y astuto que nosotros,
increíblemente atractivo
pero maldito
y desechado por siempre?
¿Qué imán nos prenderá a tu luz?
¿Qué lazo de amor
nos ligará con ella en vigor,
para no gustar ingenuamente
la penumbra?
Aterrados, temblorosos,
como una frágil paloma,
nos resta confiar en que quizá
tu enojo pueda calmarse,
y en la alegría con que ayer nos hiciste,
hoy regreses,
nos mires con afecto,
digas “vengan, hijitos,
los estaba esperando”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario