Ella,
nuestra
codicia implacable,
ella
el rubor de mis palabras.
La
buscamos infinita,
secreta
en las horas más felices
del
amor.
Generosa,
ella
ofrecida a los valientes,
siempre
inmerecida.
Como
la luna descubierta,
como
la leche y la miel.
Desde
su origen derramada
a
los hijos de la gloria.
Toda
abundante,
vivimos
y morimos por ella,
somos
en
el rigor de su ley,
y
en su materna suavidad.
Ella
somos nosotros,
los
que la vemos presente aunque lejana.
Reflejada
tan solo,
hechura
del ansia,
de
la fe,
de
quien nos dijo vengan,
de
quien fundó nuestra fe.
Nuestra
alegría deseándote, promesa.
Rogándote
nos abras la puerta.
Nos
seas el aire,
pronto,
ciudad reina,
vida
nuestra y herencia.
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