Dijo el niño profeta:
No hay en este lugar
una sola persona
que no haya sido instruida,
elegida y amada
por Dios
desde aun antes que la Tierra fuese.
Lo que somos en verdad verdadera
no es el nombre,
no es el cuerpo, no son las ideas.
No es siquiera nuestra memoria.
Somos un alma eterna
─de Dios vino y a Dios irá.
Porque el rostro y la mirada
pasarán como viento y arroyo,
de ellos nada será.
Somos la vida profunda
que no se vende ni se compra,
somos imagen de Dios.
Ay de aquellos que no ven,
ay de aquellos que duermen,
ay de aquellos que viven
en el fondo de la cueva,
en densa tiniebla.
Comen y beben,
crían hijos y recorren el mundo.
Cantan, sonríen y bailan,
gimotean y lloran.
Ay de aquellos que no piensan,
que no saben que el vino enloquece,
que las glorias y las honras del hombre
son como la hoja que pronto
se seca y se cae,
y es llevada por el aire y polvo será.
No han buscado a su fuente,
quien puso en ellos la vida y su poder.
No han dado su tiempo a entender,
para hallar el sentido y la meta,
para oír el consejo de su Dios.
¿No sabe acaso el hombre,
harto de ilusión y tontera,
que al partir finalmente de la
Tierra
se verá cara a cara con Él?
¿No sabe acaso, pobre y dormido,
que el Dios que lo llamó,
que con designios eternos lo hizo
nacer,
pedirá cuentas por cada hora y
aliento,
que no atenderá más razones
que aquellas que orientan Sus obras
─razón de
justicia fijada en Su ley?
Pobre del hombre,
miserable y confuso.
¿Quién le enseñará?
¿Quién dará al hombre luz para que vea?
¿Quién lo guiará en la ley de los siglos?
¿Quién lo salvará?
Aquella vez en Belén,
nación de Israel,
bajo el intenso fulgor de las estrellas,
entre bueyes y paja,
sin más gloria que su alma,
nacía el varón escogido por Dios,
lleno de ciencia y verdad,
de quien era el imperio sobre todas las cosas.
Quien quiso ser igual a nosotros.
Fue probado con hierro y agonías,
pero nunca cedió,
nunca vendió su herencia.
Frustró los engaños del mundo.
Justo, bueno, puro como nadie antes de él.
Único digno verdaderamente
de pararse ante Dios sin temor.
Quien honró Su ley como nadie.
Perfecto.
Dijo al Padre «Yo por
ellos,
sus vidas por la mía,
mi bendición por su maldición,
sobre mí la ira del pecado,
sobre mí el azote y la espada,
las burlas de Satanás.
Sea mi carne quebrada,
mi sangre en la cruz.
Lo rindo todo, Padre,
por estos pequeños que no saben.
Sea a ellos tu salvación».
Y Dios oyó su oración,
y fue su vida ofrenda preciosa.
Y tan perfecta fue su obra
que no lo contuvo la muerte.
Surcó en poder toda la densa tiniebla,
rompió los montes y las arenas.
El Cristo resucitó.
Quiso Dios honrarlo hasta lo sumo;
le dio nombre y majestad infinita.
Y dijo Dios que por aquel excelso varón,
Jesús nacido en Belén,
todo hombre sobre la Tierra,
rico, pobre, débil o fuerte,
si en él pusiere su fe,
confesare con su boca
y creyere en su corazón
que Jesucristo es el Señor,
no morirá.
Tendrá vida que es la vida eterna.
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