Esos hombres
no duermen tanto como nosotros.
Evitan manjares y aun más pan que el debido.
Celan cada palabra,
temen de su propia ignorancia:
saben esos hombres que no saben.
Han sufrido.
Sus hermanos y padres los rechazan.
Andan solitarios y llenos de pesar.
Quieren danzar y no pueden,
el vino es agrio en sus bocas,
fatiga las fiestas de la ciudad.
Luchan a veces con sueños,
con voces poderosas.
Ruge en ellos la noche.
Y aunque han dado su alma a entender,
y asido grandes misterios;
aunque han estado cerca
de oráculos y dioses,
y adquirido gracias como pocos en la Tierra,
nada en ellos sacia la sed.
Han jurado esos hombres
rendir si es necesario
cada gota de su sangre,
surcar los abismos,
si acaso pudieran hallar
el origen de todas las cosas,
y aquella luz refulgente
de la cual han oído,
y aquella gran inteligencia
que supiera darles respuesta
a su angustia,
a sus sueños profundos:
el agua eterna que pide su sed.
«¡Vean, amigos!
¿No está quemando el corazón?
¡Lleven sus ojos a lo alto!
¿No es aquella estrella
gloriosa en occidente
la señal de la vida?
¿No ha estado ella en todas las visiones?
De ella han hablado los sabios,
y ahora surge ante nosotros.
¡Canto y alegría, mis amigos,
ha nacido hoy nuestra
esperanza!»
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