Llegué a
un punto decisivo.
Creí
haber entendido
qué era
aquello en verdad importante,
que toda
la gente al oírlo
saltaría
o se conmovería,
exclamaría
‘esto es’,
volvería
plena, agradecida,
y sería
entonces la vida
cosa
radiante,
digna.
¿Pero
qué?
Tropecé
y tropecé.
No pude
ni un poquito arrimarme
a esa
doctrina esplendorosa,
intachable,
con que
he soñado, y en cambio
volqué
mi mera emoción,
formas
insulsas,
que
nadie pondera,
que no
alegran ni estremecen,
que ni
al ángel acercan a Dios.
Maestro,
me cansé
del error.
Me cansé
de ser torpe y débil poeta.
De ni
ser poeta ni profeta,
ni sabio
ni santo ni justo,
ni nada
que merezca tu favor.
¿Qué
puedo decirte?
¡Basta!
¡Hagamos
punto final!
¡O bien
rompamos y lancemos la hoja!
Pido
transformación.
Ser un
niño.
Ser
cachorro.
Beber de
la fresca y densa leche
de tu
amor y tus palabras,
y así
tal como vos sos,
sea,
me
parezca.
Dame tu
luz.
No
ahorres conmigo secretos,
ninguna
complejidad.
Quiero
el anverso y el reverso,
tu luna
y tu sol.
Tu
consejo,
tu
forma,
calidez
como de ola,
majestuosa
humildad.
Hagamos
nuevos poemas.
Hagamos
que brille la noche.
Que el
bueno ría, que el malo llore.
Que el
de hambre coma,
que el
ciego vea,
que el
cojo corra.
Y el
Árbol de la Vida crezca.
Maestro,
me
siento a tus pies.
Oigo
solamente.
Guardo
en mi corazón.
Maestro,
hables.
Maestro,
seas.
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