27 feb 2014

Maestro

Llegué a un punto decisivo.
Creí haber entendido
qué era aquello en verdad importante,
que toda la gente al oírlo
saltaría o se conmovería,
exclamaría ‘esto es’,
volvería plena, agradecida,
y sería entonces la vida
cosa radiante,
digna.
¿Pero qué?
Tropecé y tropecé.
No pude ni un poquito arrimarme
a esa doctrina esplendorosa,
intachable,
con que he soñado, y en cambio
volqué mi mera emoción,
formas insulsas,
que nadie pondera,
que no alegran ni estremecen,
que ni al ángel acercan a Dios.

Maestro,
me cansé del error.
Me cansé de ser torpe y débil poeta.
De ni ser poeta ni profeta,
ni sabio ni santo ni justo,
ni nada que merezca tu favor.

¿Qué puedo decirte?

¡Basta!
¡Hagamos punto final!
¡O bien rompamos y lancemos la hoja!
Pido transformación.

Ser un niño.
Ser cachorro.
Beber de la fresca y densa leche
de tu amor y tus palabras,
y así tal como vos sos,
sea,
me parezca.

Dame tu luz.
No ahorres conmigo secretos,
ninguna complejidad.
Quiero el anverso y el reverso,
tu luna y tu sol.
Tu consejo,
tu forma,
calidez como de ola,
majestuosa humildad.

Hagamos nuevos poemas.
Hagamos que brille la noche.
Que el bueno ría, que el malo llore.
Que el de hambre coma,
que el ciego vea,
que el cojo corra.
Y el Árbol de la Vida crezca.

Maestro,
me siento a tus pies.
Oigo solamente.
Guardo en mi corazón.

Maestro, hables.

Maestro, seas.

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