quedarás sin entender la
obra de tu hermano,
correrás ajeno de todo
sentido,
querrás ser más duro que
la piedra,
más grande que el monte,
más temible que los
truenos y el huracán?
No, muchacho. No, Caín.
¿Cuándo calmarás tus impulsos?
¿Por qué seguir el error
de tus padres?
¿Por qué no pensar?
¿Quién es el verdadero
culpable?
¿Quién
trajo el mal sobre la tierra?
¿Lo digo?
¿Querés que despierte tu
memoria?
Caín, sé sabio.
No es mi bien sino el tuyo
el que peligra.
¿Me mataste al matar a tu
hermano?
¿A quién odiabas, a él o a
mí?
¿Qué ganaste?
¿No sigo estando como rey
sobre todas las cosas?
¿No sigo siendo yo el
fundamento de tu alma,
tu mente y todo el aliento
de tu ser?
¿Qué hay entre vos y yo?
¿Qué pretendés en tu
obstinación?
Yo soy el Dios del
Universo.
Nada hay fuera de mí.
Yo hice tanto la luz como
las tinieblas.
Di mi orden y fueron
establecidas
la senda del mal y la
senda del bien.
Puse delante de tus ojos
bendición y maldición,
la vida y la muerte,
el gozo y la ardiente
agonía.
Si todo salió de mis
manos,
¿cómo vas a escaparte de
mí?,
¿qué arma vas a encontrar?
¿Creíste que esa serpiente
que sedujo
era digna rival de tu
Creador?
¿Quién puso boca en la
serpiente?
¿Quién hizo alas para el
ángel Lucero?
No te engañes, Caín.
No te diría esto si no
quisiera tu bien.
Y es cosa evidente,
por tu recelo no podías
razonar.
Hijo Caín, ahora estate
atento.
Callá la tempestad de tu
soberbia.
Oí las verdades que tengo
para vos.
Te voy a dar a entender
cuál fue el sentir de tu
hermano,
por qué me amó,
por qué me buscaba.
Sepas, Caín,
que Abel tuvo el don de la
fe.
Creyó que aun era posible
restaurar la comunión
de tu familia conmigo.
Vio lo que ninguno había
visto,
que Aquel que quitó
podía también volver a
dar.
Si mi padre hizo lo malo,
si mi madre cayó en
tentación,
si el consejo del diablo
trajo penas,
¿no podré yo desandar el
camino,
recordar las palabras del
Señor
y ponerlas por obra?,
porque sé que no hay otro
capaz
de darnos la vida,
y quizá si somos humildes,
si obedecemos la voz del
Creador,
Él se arrepienta del mal
que nos trajo,
vuelva a abrir el Paraíso,
comamos así de su Árbol,
y vivamos,
y seamos suyos para
siempre.
¡Ah, Caín,
si vos y tus padres lo
hubieran oído,
si hubieran tomado en
serio lo que decía,
sería todo tan diferente!
Yo los habría sanado.
No acabaste a tu hermano,
Caín,
más bien cavaste sobre él
tu propia tumba.
Abel había comprendido el
secreto,
supo adentrarse en mi
corazón.
Pero si en esta hora, Caín,
al tiempo que te hablo,
al tiempo que soy Dios de
compasión,
te arrepentís de tu
pecado,
aceptás quebrantado tu
gran error,
y te atrevés a seguir el
ejemplo de tu hermano,
juro ante mí que voy a
perdonarte,
y lo que él soñaba:
comer del fruto de la Vida,
será conseguido por vos.
Voy a olvidarme de tu
falta,
y serás como cordero sin
mancha.
Pero ah, Caín, hijo mío,
si no se agota tu
inclinación hacia el mal,
si tu apatía y tu ira no
reposan,
si aún te empeñás en
pelear contra mí,
tendrás entonces el fruto
que no sirve,
el que yo nunca quise
darte,
y ya será muy tarde cuando
lo comas:
clamarás a mí,
llorarás,
pero no,
no,
no habrá nada más que la
nada.
Hijo Caín,
dejo la historia en tus
manos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario