27 feb 2014

¿Hasta cuándo, Caín,

quedarás sin entender la obra de tu hermano,
correrás ajeno de todo sentido,
querrás ser más duro que la piedra,
más grande que el monte,
más temible que los truenos y el huracán?

No, muchacho. No, Caín.

¿Cuándo calmarás tus impulsos?
¿Por qué seguir el error de tus padres?
¿Por qué no pensar?
¿Quién es el verdadero culpable?
¿Quién trajo el mal sobre la tierra?                                                     
¿Lo digo?
¿Querés que despierte tu memoria?

Caín, sé sabio.
No es mi bien sino el tuyo el que peligra.
¿Me mataste al matar a tu hermano?
¿A quién odiabas, a él o a mí?
¿Qué ganaste?
¿No sigo estando como rey sobre todas las cosas?
¿No sigo siendo yo el fundamento de tu alma,
tu mente y todo el aliento de tu ser?
¿Qué hay entre vos y yo?
¿Qué pretendés en tu obstinación?

Yo soy el Dios del Universo.
Nada hay fuera de mí.
Yo hice tanto la luz como las tinieblas.
Di mi orden y fueron establecidas
la senda del mal y la senda del bien.
Puse delante de tus ojos bendición y maldición,
la vida y la muerte,
el gozo y la ardiente agonía.

Si todo salió de mis manos,
¿cómo vas a escaparte de mí?,
¿qué arma vas a encontrar?
¿Creíste que esa serpiente que sedujo
era digna rival de tu Creador?
¿Quién puso boca en la serpiente?
¿Quién hizo alas para el ángel Lucero?

No te engañes, Caín.
No te diría esto si no quisiera tu bien.
Y es cosa evidente,
por tu recelo no podías razonar.

Hijo Caín, ahora estate atento.
Callá la tempestad de tu soberbia.
Oí las verdades que tengo para vos.
Te voy a dar a entender
cuál fue el sentir de tu hermano,
por qué me amó,
por qué me buscaba.

Sepas, Caín,
que Abel tuvo el don de la fe.
Creyó que aun era posible
restaurar la comunión
de tu familia conmigo.
Vio lo que ninguno había visto,
que Aquel que quitó
podía también volver a dar.

Si mi padre hizo lo malo,
si mi madre cayó en tentación,
si el consejo del diablo trajo penas,
¿no podré yo desandar el camino,
recordar las palabras del Señor
y ponerlas por obra?,
porque sé que no hay otro capaz
de darnos la vida,
y quizá si somos humildes,
si obedecemos la voz del Creador,
Él se arrepienta del mal que nos trajo,
vuelva a abrir el Paraíso,
comamos así de su Árbol,
y vivamos,
y seamos suyos para siempre.

¡Ah, Caín,
si vos y tus padres lo hubieran oído,
si hubieran tomado en serio lo que decía,
sería todo tan diferente!
Yo los habría sanado.

No acabaste a tu hermano, Caín,
más bien cavaste sobre él tu propia tumba.
Abel había comprendido el secreto,
supo adentrarse en mi corazón.

Pero si en esta hora, Caín,
al tiempo que te hablo,
al tiempo que soy Dios de compasión,
te arrepentís de tu pecado,
aceptás quebrantado tu gran error,
y te atrevés a seguir el ejemplo de tu hermano,
juro ante mí que voy a perdonarte,
y lo que él soñaba:
comer del fruto de la Vida,
será conseguido por vos.
Voy a olvidarme de tu falta,
y serás como cordero sin mancha.
Pero ah, Caín, hijo mío,
si no se agota tu inclinación hacia el mal,
si tu apatía y tu ira no reposan,
si aún te empeñás en pelear contra mí,
tendrás entonces el fruto que no sirve,
el que yo nunca quise darte,
y ya será muy tarde cuando lo comas:
clamarás a mí,
llorarás,
pero no,
no,
no habrá nada más que la nada.
Hijo Caín,
dejo la historia en tus manos.



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