27 feb 2014

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A veces hago cosas diferentes:

ayer, por ejemplo,

estaba en el 132,

y me detuve a observar a una dama,

bella dama,

de veinte años quizás.

Ella lo notó y yo seguí, y ella no se ofendió.

También ahí, en el 132,

rocé la mano de una chica bonita,

la dama,

y al parecer lo ignoró.

Luego me senté junto a ella,

y como vi que tiritaba

me ofrecí a cerrar la ventanilla.

Agradeció y volví a tocar su mano.

Sé que no lo ignoró.


Ahí mismo, ayer,

en el 132,

sentado junto a la dama,

comencé a escribir algo de amor,

y daba lugar a que lo viera ella.

En mi cuaderno escribí:

“Me acercaré de nuevo a tu tristeza

como a una musa misteriosa

que llena el corazón

de resonancias infinitas.”

Y vi como su boca se abría,

y cómo de su boca salían

palabras:

‘¡Qué lindo que escribís!’

─¿Sabés una cosa?

─No.

─Fuiste vos mi inspiración.

Ustedes quizás no me crean

pero ahí, en el 132,

así como me ven: calladito, gordito y simplón,

recibí de una chica de lo más bella,

y de lo más voluptuosa,

una fugaz pero intensa caricia

en el brazo y dos palabras que llegaron

como de un ángel eterno:

‘¡Re bien!’

                Pero enseguida bajó.


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