A veces
hago cosas diferentes:
ayer, por
ejemplo,
estaba en
el 132,
y me
detuve a observar a una dama,
bella
dama,
de veinte
años quizás.
Ella lo
notó y yo seguí, y ella no se ofendió.
También
ahí, en el 132,
rocé la
mano de una chica bonita,
la dama,
y al
parecer lo ignoró.
Luego me
senté junto a ella,
y como vi
que tiritaba
me ofrecí
a cerrar la ventanilla.
Agradeció
y volví a tocar su mano.
Sé que no
lo ignoró.
Ahí mismo,
ayer,
en el 132,
sentado
junto a la dama,
comencé a
escribir algo de amor,
y daba
lugar a que lo viera ella.
En mi
cuaderno escribí:
“Me
acercaré de nuevo a tu tristeza
como a una
musa misteriosa
que llena
el corazón
de
resonancias infinitas.”
Y vi como
su boca se abría,
y cómo de
su boca salían
palabras:
‘¡Qué
lindo que escribís!’
─¿Sabés
una cosa?
─No.
─Fuiste
vos mi inspiración.
Ustedes
quizás no me crean
pero ahí,
en el 132,
así como
me ven: calladito, gordito y simplón,
recibí de
una chica de lo más bella,
y de lo
más voluptuosa,
una fugaz
pero intensa caricia
en el
brazo y dos palabras que llegaron
como de un
ángel eterno:
‘¡Re
bien!’
Pero
enseguida bajó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario