No dudes,
en verdad quiero tenerte
pero temo no saber cuidarte.
Te digo la verdad cuando te digo
que te quiero y te miro,
pero me inquieta no saber
si soy fuerte,
si tengo el justo valor.
Quiero serte amparo y orgullo,
pero a veces me derrito,
me envuelvo en pereza,
y no sé
si el mundo me comerá
y no podré darte nada.
En verdad que quisiera
ayudar en tus proyectos, escucharte.
Quisiera saber aconsejarte,
saber también honrar tu consejo.
Quisiera hacer lo posible
para que nunca te cansaras de la vida,
y al momento necesario
darte el pañuelo,
y poner mi mano en tu hombro,
y decir acá estoy.
Que soñaras tranquila.
Fueras lo que sos libremente.
Con prudencia corregirnos
y hablarnos siempre en sinceridad.
Deseo tanto,
y tanto ruego no lograrlo menor,
y me preocupa tanto mi fragilidad,
que me callo,
no me acerco ni te sugiero nada.
¿Qué tal si fallo?
¿Qué tal si caigo?
¿Y si al final no fuera castillo
sino pieza de barro,
sino hoja?
¡Ay si vieras en mí
más que un hombre un corderito,
o una ardilla que se oculta!
Tiemblo también al suponer
que quizá ya lo sepas,
solo te apiades de mí
y silenciosa te alejes.
No puedo fingir.
Ni creo poder engañarte.
Ni me alegra idearte una red.
Escribo poesía,
y paso mucho tiempo en mi casa,
no sé muy bien qué es ganarse la vida,
y me apena,
y mi riqueza no es toda la riqueza
que quisiera darte.
Y sé que ahí afuera
hay hombres mejores que yo.
Mucho más completos y seguros,
mucho más elegantes,
más chispeantes y también más robustos.
También mayores poetas,
músicos de muy mayor calidad.
No te merezco.
No sé ni por qué pienso en vos.
A qué me vino tanta ilusión.
Tal vez me impulse la enigmática fe
de que quizá
–no puedo hacerte promesas–, quizá
no sea la verdad tan así.
Tal vez yo nunca decaiga,
y en lugar de la sombra,
vaya de bien en mejor,
y Dios esté de mi parte,
y brille así como tus ojos,
y logre darte todo lo que quiero darte,
te ame y vos nunca te canses,
y haya toda abundancia,
y aunque te esmeres no encuentres
un hombre más perfecto para vos.
Y hagamos lazo hasta la muerte,
vivamos en la más sublime belleza,
llenos del perfume de Dios,
siendo luz en la Tierra,
una brisa.
Amada,
¿podrías compartir esta fe?
¿Me querrías?
Amada, ¿vos te atreverías?
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