¿No
escuchaste mis palabras todavía?
¿No te
han contado acaso
tus
padres, tus maestros,
cuántas
son mis maravillas,
cuán
grandes son mis favores?
Yo
conozco que te duele hondamente
verte
débil, ínfimo, ignorado por todos,
luchar
hasta la sangre,
caer,
desmayarte bajo el sol,
gastar
la fuerza de tu juventud mientras que otros,
necios,
perezosos, insignificantes,
ni
trabajan ni lloran
y viven
en todos sus deseos,
viajan y
compran cuanto quieren sin temor.
Siempre
son otros los que ríen
y su
risa puede durar más que unas horas,
otros
son los que gobiernan,
los que
dicen y es, los que miran
y el
mundo se rinde a sus miradas.
¿No te
han dicho nada de mí?
Ay,
valioso amigo,
si
vieras los tesoros que tengo para vos;
un solo
chasquear de mis dedos
y el mar
se abriría,
ardería
en tus carnes el amor,
te haría
fuerte como la osa,
nadie te
enfrentaría.
Pondría
tu nombre en las alturas,
no te
asustes,
verán tu
rostro y gozarán,
llenarán
de aplausos tu alma,
sabrán
saciar tus más recónditos deleites
y no
habrá deuda con ellos,
no
pedirán cosa alguna,
serás su
estrella y su dios.
Vení,
sentate
conmigo,
atendamos
juntos el correr de los días.
Será
alegre,
no
podrás estar con alguien mejor.
Dame tus
años,
dame tu
pluma y la potencia de tu canto,
dame tus
versos y tu arpa,
dame tus
sueños y no temas.
Doy mi
poder a tus manos,
amigo
tan valioso,
rey
soberano, emperador,
hijo del
trueno.
Pido tu vida solamente.
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