27 feb 2014

La serpiente

¿No escuchaste mis palabras todavía?
¿No te han contado acaso
tus padres, tus maestros,
cuántas son mis maravillas,
cuán grandes son mis favores?
Yo conozco que te duele hondamente
verte débil, ínfimo, ignorado por todos,
luchar hasta la sangre,
caer, desmayarte bajo el sol,
gastar la fuerza de tu juventud mientras que otros,
necios, perezosos, insignificantes,
ni trabajan ni lloran
y viven en todos sus deseos,
viajan y compran cuanto quieren sin temor.
Siempre son otros los que ríen
y su risa puede durar más que unas horas,
otros son los que gobiernan,
los que dicen y es, los que miran
y el mundo se rinde a sus miradas.
¿No te han dicho nada de mí?
Ay, valioso amigo,
si vieras los tesoros que tengo para vos;
un solo chasquear de mis dedos
y el mar se abriría,
ardería en tus carnes el amor,
te haría fuerte como la osa,
nadie te enfrentaría.
Pondría tu nombre en las alturas,
no te asustes,
verán tu rostro y gozarán,
llenarán de aplausos tu alma,
sabrán saciar tus más recónditos deleites
y no habrá deuda con ellos,
no pedirán cosa alguna,
serás su estrella y su dios.

Vení,
sentate conmigo,
atendamos juntos el correr de los días.
Será alegre,
no podrás estar con alguien mejor.
Dame tus años,
dame tu pluma y la potencia de tu canto,
dame tus versos y tu arpa,
dame tus sueños y no temas.
Doy mi poder a tus manos,
amigo tan valioso,
rey soberano, emperador,
hijo del trueno.
Pido tu vida solamente. 

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