Sí, fue tu
ángel guardián.
No lo
tomes a mal, no lo culpes, porque obedece órdenes de arriba.
Rogué
tanto al Señor que me ayudara, que me abriera los ojos…
Ahora
entiendo por qué nos alejamos.
Vos
querías que cruzara el cerco de tu imagen.
Me querías
ahí, en la fuente de aquellas cosas
que nunca
decís ni sabés que pensás. Vos querías que entrara
donde ni
vos pudiste llegar (no te animabas).
Me
deseabas presente en la noche oscura de tu alma.
Y te
cerrabas. Más te cerrabas cuando más me necesitabas.
¿Qué
podemos hacer?
Digo,
ahora que sé, que hablé con tu ángel.
¡Ahí está!
¿Por qué no hacemos angelitos en la nieve?
¿Por qué
no nos damos besos de esquimal?
Se me
ocurre que durmamos uno dentro del otro,
en sueños
compartidos,
y espiemos
nuestras luces y sombras, y juntos contemos las cabras.
¿Sabés?,
me pedías
espacio. Pero no era espacio lo que querías,
ni lo que
yo quería;
nunca hubo
un exceso de unión. ¡Si queríamos huir de sentirnos tan solos!
Ay,
compañera, yo te amo.
Bebámonos,
comámonos.
Íntegramente.
Sí, no
dejemos ni un espacio afuera. Ni dejemos en pie nuestras murallas.
Sentémonos
a hablar.
Yo voy a
sonreír y a acariciar tus mejillas.
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