27 feb 2014

¡Ya entendí, querida, me lo explicaron!

Sí, fue tu ángel guardián.
No lo tomes a mal, no lo culpes, porque obedece órdenes de arriba.
Rogué tanto al Señor que me ayudara, que me abriera los ojos…
Ahora entiendo por qué nos alejamos.
Vos querías que cruzara el cerco de tu imagen.
Me querías ahí, en la fuente de aquellas cosas
que nunca decís ni sabés que pensás. Vos querías que entrara
donde ni vos pudiste llegar (no te animabas).
Me deseabas presente en la noche oscura de tu alma.

Y te cerrabas. Más te cerrabas cuando más me necesitabas.
¿Qué podemos hacer?
Digo, ahora que sé, que hablé con tu ángel.
¡Ahí está! ¿Por qué no hacemos angelitos en la nieve?
¿Por qué no nos damos besos de esquimal?
Se me ocurre que durmamos uno dentro del otro,
en sueños compartidos,
y espiemos nuestras luces y sombras, y juntos contemos las cabras.
¿Sabés?,
me pedías espacio. Pero no era espacio lo que querías,
ni lo que yo quería;
nunca hubo un exceso de unión. ¡Si queríamos huir de sentirnos tan solos!

Ay, compañera, yo te amo.
Bebámonos, comámonos.
Íntegramente.
Sí, no dejemos ni un espacio afuera. Ni dejemos en pie nuestras murallas.
Sentémonos a hablar.
Yo voy a sonreír y a acariciar tus mejillas.

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