27 feb 2014

Jesús

¿Quién puede vivir sin buscarte,
maestro de las estrellas,
alfarero?

¿Quién iría al desierto y no hallaría tus ojos,
piedra del mundo,
hijo de todas nuestras esperanzas?

Si mis manos fueran destiladas,
fueran nobles mis deseos profundos,
tiernas y claras mis prendas
y no hubiera altivez en mis palabras,
iría allí donde dicen los sabios
hay una fuente cuyas aguas
librarían para siempre a quien bebiera y se inundara en ellas,
camino entre caminos,
guardián de los pequeños,
descanso de los siglos,
eterno,
si tocara tan solo el borde de tu manto,
si pudiera comer de tus migajas,
si dieras la orden mi cuerpo sanaría,
echaría nuevamente las redes.
Me quebranto,
vuelco como aceite mis razones,
no quiero más que tenerte,
lumbrera,
imprimas en mí la gloria de tus promesas,
tu vida,
Cristo hijo del Grande y Soberano,
quien todo lo sabe, todo lo envuelve,
olvidaré las noches,
te amaré cuanto pueda,
si me dieras tu gracia,
limpiaras mi alma,
afirmaras mi ser ante Dios,
seguiría cada uno de tus mandamientos,
esperaría el sonar de la trompeta,
cantaría,
lloraría en la pasión de los que adoran,
y en verdes pastos
o en el valle de las sombras
daría a conocer tu salvación,
tu misericordia,
llamaría a los Cielos
y nunca nada ni nadie nos separaría

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