¿Quién puede vivir sin buscarte,
maestro de las estrellas,
alfarero?
¿Quién iría al desierto y no
hallaría tus ojos,
piedra del mundo,
hijo de todas nuestras esperanzas?
Si mis manos fueran destiladas,
fueran nobles mis deseos profundos,
tiernas y claras mis prendas
y no hubiera altivez en mis
palabras,
iría allí donde dicen los sabios
hay una fuente cuyas aguas
librarían para siempre a quien
bebiera y se inundara en ellas,
camino entre caminos,
guardián de los pequeños,
descanso de los siglos,
eterno,
si tocara tan solo el borde de tu
manto,
si pudiera comer de tus migajas,
si dieras la orden mi cuerpo
sanaría,
echaría nuevamente las redes.
Me quebranto,
vuelco como aceite mis razones,
no quiero más que tenerte,
lumbrera,
imprimas en mí la gloria de tus
promesas,
tu vida,
Cristo hijo del Grande y Soberano,
quien todo lo sabe, todo lo
envuelve,
olvidaré las noches,
te amaré cuanto pueda,
si me dieras tu gracia,
limpiaras mi alma,
afirmaras mi ser ante Dios,
seguiría cada uno de tus
mandamientos,
esperaría el sonar de la trompeta,
cantaría,
lloraría en la pasión de los que
adoran,
y en verdes pastos
o en el valle de las sombras
daría a conocer tu salvación,
tu misericordia,
llamaría a los Cielos
y nunca nada ni nadie nos separaría
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