Pruébenme
en esto:
Digan a
la montaña que me adore.
Digan al
pino y el sauce.
Digan a
las piedras en la playa.
Digan a
la espuma y la ola.
Digan al
trueno.
Digan a
la lluvia misma.
Digan a
la tierra humedecida.
Digan a
la hoja.
Digan a
la flor y la espina.
Digan a
la hormiga y la paloma.
Digan al
perro.
Digan al
pez.
Digan al
más sutil organismo.
Digan al
tiempo.
Digan al
invierno y el sol.
Digan a
cada planeta.
Ordenen
a la vasta inmensidad.
Pidan a
toda la creación que me adore,
y verán
si acaso dudan,
si acaso
duermen,
si acaso
huyen sin entender.
Pero el
tesoro de mis manos,
mi
objeto más precioso,
a quien
di dignidad como a ningún otro ser,
a quien
hice a mi imagen,
y
concedí libertad;
a quien
más ofrecí y de quien más demando,
al ser
humano,
debo
hablarle de mil maneras,
como a
hijo lento y rebelde,
buscarlo
como un perseguidor,
siendo
yo su Dios,
el autor
de su vida.
¿Hasta cuándo
vacilará?
¿Hasta
cuándo seguirá
preso en
la trampa
de sus
vanos argumentos?
Ya
cansado estoy de esperar.
De
inclinarme como siervo,
si no
puede verme,
ni oírme,
porque
ha querido estar lejos de mí.
No sabe
que su hora llega,
cuando
querré ver el fruto de su afán,
y
escuchará mis razones sin poder evitarlas.
Le diré
mi verdad y no callaré.
Mi sola
palabra hace temblar los infiernos.
Nadie
que se levante contra mí,
y
pretenda desafiar mi corona,
tendrá
la paz.
Bendito
el manso.
Bendito
el humilde.
Bendito
el que mira su alma y no su vientre.
Bendito
el que pone red en su boca.
Bendito
el hombre prudente.
Bendito
el que me busca.
Bendito
el que pregunta para saber.
Bendito
el que al oír obedece.
Bendito
el que tiene hambre espiritual.
Bendito
el íntegro.
Mayor
que mi ira es mi amor,
y en mi
justicia hay abundante misericordia.
A todos
los sedientos:
Vengan a
las aguas.
El que
tiene sed
venga a
mí y beba.
Porque
agua de vida es mi palabra,
y fuente
de luz mi verdad.
Todo el
que me honra
y se inclina
ante mí
recibirá
salvación,
gozará,
y el mal
no podrá con su alma.
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