Una vez más
se levanta el mensajero de Dios
a estremecernos el alma.
Ay, no seamos tan ignorantes.
¡Cómo puede ser que tengamos
los oídos tan secos,
la visión opacada
y el sentido extraviado completamente!
¿Qué tendría que hablarnos ahora?
Cuando es suave sonreímos;
si es denso y agudo no lo aceptamos,
decimos ‘cuánta locura’ y huimos presurosos.
¿Acaso vamos a enseñarle nosotros
la forma, la manera,
la diplomacia perfecta?
Sinceridad le pedimos,
y luego exclamamos ‘fanatismo’.
Le rogamos hondura pero no,
nuestra excusa será un ‘nadie lo entenderá’.
Y qué juego.
Opinamos y opinamos.
Levantamos el dedo,
o bien fruncimos el ceño,
o decimos ‘mmm’,
o incluso dormimos.
Y es que claro,
el mensajero no es más que un idiota, sí,
¿no es un pobre infeliz?,
¿no gasta al cuete saliva?,
¿no es un enfermo, un desvariado?
Peor aún, seguro está lleno de orgullo,
le gusta ser visto con aura,
como angelito,
para quién sabe qué.
No entendió este señor que nosotros
conocemos ya hartamente su labia.
No nos asusta ni emociona,
ni nos aporta nada.
Está engañado, es ingenuo,
se cree que somos como oveja insegura,
temerosos y tontos,
que vamos a escuchar ahí atentos
cómo él delira, cómo se jacta de Dios.
¡Bien! ¡Que se mude lejos!
¡Que no vuelva!
¡Que grite y llore en un cuarto solo!
Verdad,
cosa indudable,
somos mejores que él,
nosotros sí entendemos la vida,
sí somos buenos, y sabios,
y en todo nos va perfectamente.
Tenemos por la ciencia los remedios,
las curas justas para el cuerpo y para el alma,
y ya pronto lograremos,
con solo un poquito de esfuerzo,
terminar con las guerras, los delitos,
los suicidios, el racismo,
y todo eso que hoy nos molesta.
Ya sabremos qué hacer.
Sí,
ya sabremos,
tranquilos, que él no venga,
no, que no hable,
basta, ya,
listo, basta.
Y aun así
no obedeció a nuestro reproche.
Una vez más se levanta el mensajero de Dios.
Está de pie frente a todos nosotros.
Y cuando ya estamos a punto de apedrearlo,
la tierra se desgaja frente a él.
Los cielos se tornan como fuego.
Y un súbito silencio lo llena todo.
El santo nos mira,
y lentamente susurra:
Hoy es el día,
no hay vida fuera de Dios.
El mensajero de Dios siempre está presente, es paciente, misericordioso, nos ama y nos invita a desechar la ceguera y abrirnos a la Luz eterna. Escuchemos su voz, no seamos necios, hoy es el tiempo, volvamos a la senda correcta, la del bien.
ResponderEliminar